Translate

Mostrando entradas con la etiqueta lectura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lectura. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de octubre de 2014

Edgar Allan Poe - "El corazón delator"


El corazón delator
[Cuento. Texto completo.]
Edgar Allan Poe


¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.

Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.

Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.

Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.

Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:

-¿Quién está ahí?

Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.

Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.

Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.

Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.

Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.

¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.

Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.

Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.

Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!

Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?

Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.

Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.

Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.

Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!

-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!

FIN


Traducción de Julio Cortázar

martes, 23 de septiembre de 2014

Día de las Bibliotecas Populares y el 144 aniversario de la CONABIP

En 1870, cuatro años después de la apertura en San Juan de la primera biblioteca popular, se promulgó la Ley 419, impulsada por Domingo Faustino Sarmiento, con el objetivo de fomentar la creación y el desarrollo de estas asociaciones civiles. Hoy, este movimiento social único en el mundo cuenta con más de 30 mil voluntarios que organizan casi 2000 bibliotecas populares distribuidas a lo largo de todo el territorio nacional, en las que se ofrecen actividades culturales en forma amplia, libre y pluralista.

Durante el siglo XX, la vida de las bibliotecas populares y de la Comisión adquirió distintos matices y características en función de los procesos políticos, sociales y culturales. En ocasiones, se promovió el fortalecimiento de estos actores y en otras se enfrentaron a los avatares de la falta de acompañamiento, el abandono, e incluso la persecución en tiempos de gobiernos dictatoriales.

En los últimos años se impulsaron y profundizaron diversas políticas públicas destinadas a fomentar y fortalecer a estas asociaciones civiles autónomas en su objetivo de ofrecer oportunidades de acceso a la cultura y la ampliación de ciudadanía.

Un Programa de Inclusión Digital abrió la puerta del Siglo XXI para las bibliotecas y sus comunidades a través de equipamiento informático, desarrollo de software propio y libre, capacitación, conectividad y un catálogo en línea que permite préstamos interbibliotecarios; la promoción de la planificación y la iniciativa de cada entidad en la presentación de proyectos de incentivo a la lectura y otros que impliquen un mayor compromiso por parte de las bibliotecas populares con respecto a su inserción comunitaria, al mejoramiento de los servicios y a la atención de las demandas de sus usuarios; la realización de encuentros provinciales, regionales y nacionales de bibliotecas populares; el desarrollo de un programa de Información Ciudadana para fortalecer el rol de las bibliotecas populares como Centros de Información para promover el ejercicio del derecho a la información de los ciudadanos son algunas de las principales acciones que se realizaron como parte de las políticas del gobierno nacional desde que María del Carmen Bianchi asumió como Presidenta del organismo en el 2003.

Respecto al incremento y la actualización del material bibliográfico de las bibliotecas populares, y en lo referido a la compra centralizada a editoriales, se reformuló la política orientándola a las necesidades de un país en crecimiento y se incorporó la compra descentralizada financiando la participación de cada una de las bibliotecas populares en la Feria del Libro, garantizando viaje, alojamiento y recursos para adquirir los textos según las necesidades y particularidades de cada comunidad y al 50 % de su valor en el mercado. A su vez, se atendió a la entrega de material audiovisual; se desarrolló una colección propia –titulada Biblioteca Popular- conformada por producciones literarias, documentos de debate, herramientas de formación y una serie del Bicentenario editada especialmente para conmemorar los 200 años de la Revolución de Mayo y los 140 de la CONABIP. Se implementaron también distintas campañas a través de 9 bibliomóviles y una bibliolancha que, solamente en el último año, recorrieron más de 13 provincias, 483 localidades y 186.219 kilómetros llevando actividades culturales y de promoción de la lectura de las que participaron más de 450 mil personas.





lunes, 30 de junio de 2014

¿Cómo seleccionar un libro?


Mucho se habla de que los niños y los adolescentes no leen, que cada vez están más expuestos a la tecnología, que no invierten su tiempo en tomar un libro y hojearlo; es tanta la inmediatez del acceso al videojuego y a la televisión que nos dicen: No tengo tiempo para leer”.


Es importante crear espacios en el día para que lo dediquen a la lectura. Si desde pequeños no los estimulamos, lo más probable es que otras actividades nos terminen ganando la batalla.

Por ello, a continuación proponemos una serie de pasos que le permitirán escoger un libro de acuerdo con la edad e intereses de su hijo. Debe tomar en cuenta que el libro debe ser elegido según sus gustos, no necesariamente le tiene que agradar a usted, pues será él quien disfrute de la lectura.

  • En los primeros años, los libros para el niño funcionan como juguetes, estos deben ser visualmente atractivos y las imágenes tan reales, que le permitan reconocer con claridad los objetos.
  • Observe si existe una relación armónica entre la figura y el texto (que aumentará gradualmente según la edad). Procure que los textos contengan rimas y canciones que el niño disfrute.
  • A medida que los niños van creciendo, empiezan a tener preferencias por determinados temas: algunos muestran afición por los dinosaurios; otros, por los planetas… Averigüe cuál es el de su hijo, converse con él; busque sus personajes favoritos e incluso sus dibujos animados; muchas veces los encontraremos en las librerías en el formato de historietas.
  • Desde los siete hasta los diez años, los temas pueden ser de aventuras, viajes de misterio, detectives, versiones narradas de leyendas que inviten a la ficción, las historietas también son una buena alternativa.
  • Los pre-adolescentes van cambiando sus intereses, se perfilan más por las relaciones sociales, sus temas son realistas o contemporáneos, tales como el divorcio, el enamoramiento, etc. Prefieren la novela policial, autobiográfica, e incluso la novela negra o de terror.

  • Para el hijo joven, los padres normalmente buscan libros que lo “ayuden”. En ocasiones esto es un error muy común. La no debe ofrecer modelos de conductas intachables, debe presentar personajes creíbles y coherentes con diferentes matices morales, a veces contradictorios, que estén bien construidos, con una evolución psicológica acorde al desarrollo de la trama.
  • Si el niño o joven no sabe qué libro elegir, puede incentivarlo a que pregunte a sus compañeros, amigos y familiares por los libros que suelen leer. Que le den una reseña de lo leído a fin de que se interese en profundizar sobre el tema.
  • Siempre que sea posible, hay que elegir el libro con el niño y conforme crezca vaya dándole libertad para que elija sus lecturas.
  • Una de las formas de preservar este hábito es intercambiando libros con sus compañeros. Así se animarán unos a otros a seguir leyendo, a compartir historias y, sobre todo, a recrearlas en su imaginación.
  • Tendrá una mejor idea de lo que trata el libro si lee las reseñas o las citas de la parte posterior e interior de las portadas de los libros. Que pueden ayudarlo también a la hora de escoger nuevos libros.
  • Si encuentra un libro que le guste, es importante que se tome unos minutos para leer las citas, investigar que autores elogian el libro, o leer algunos párrafos, puede ser que todo eso lo atrape.
  • Si es niño, ponga usted énfasis en lo que le lee, hágalo interesante, déjelo con el misterio para que se anime a continuar leyendo.


Por último, siéntese con él y disfruten de un libro. Todos aprendemos por imitación: si el padre es un modelo de buen lector, su hijo también lo será. Dese un tiempo y disfrute con él de un momento de tranquilidad en compañía de un buen libro.

Por Regina Angulo Romero

lunes, 21 de abril de 2014

Un artista - Manuel Mujica Láinez


21 de abril. En el aniversario número 30 de la muerte del novelista, cuentista y crítico de arte Manuel Mujica Láinez, les compartimos un cuento corto de él; uno de los grandes escritores argentinos de nuestro tiempo:

Un artista

En la "Hostería de la Manzana de Adán" tenían sus cuarteles unos cuantos literatos y desocupados que solían ir a filosofar frente a su bien abastecida chimenea. Era un viejo mesón cuyas paredes morunas, blanqueadas con cal, brillaban a la luz de la luna.

Allí, entre el humo de las pipas y el chocar de los vasos, los bohemios hacían derroche de espíritu y buen humor. Una vez, por mera curiosidad, visité dicho establecimiento.

El interior constaba de una sala en la que cabrían hasta veinte mesas. A la luz vaga de los candelabros, advertíanse apenas los rostros de los jubilosos escritores; pero sonoras carcajadas delataban su presencia. Recuerdo que llamó mi atención un hombre que, con aristocrático desdén, no parecía querer unirse a los demás.

La luz vacilante de un cirio le daba de lleno en el rostro, en el que ponía largas pinceladas de oro. Era alto y fino. Evocaba los lienzos borrosos de Holbein y de los maestros flamencos.

Los lacios cabellos y la barba rubia prestábanle cierto parecido con San Juan Evangelista. Pero lo que más me impresionó fueron sus ojos, maravillosamente puros y azules, llenos de dulzura. Estaba de pie, apoyado contra el dintel de una puerta, y fumaba lentamente en una larga pipa de porcelana alemana. Ignoro de qué modo trabé relación con él. Como por artes mágicas me vi sentado frente a él, ante una mesa en que brillaban dos gruesos vasos de cerveza.

Fijeme, entonces, en su raído traje y en la corbata romántica, anudada con despreocupación, y pensé: un poeta. Era un pintor. Así me lo dijo mientras que, en el desvencijado pianillo, una mujer de grandes ojos rasgados comenzó a tocar un nocturno de Chopin.

Apagáronse los profanos murmullos. Suavemente, con voz musical que parecía seguir el ritmo doloroso del Nocturno, mi pintor habló. Pertenecía a la escuela de los artistas que quieren revivir en sus telas el arte muerto de Bizancio. Con los ojos cerrados, acariciándose la barba, narró el fasto de las opulentas ciudades de Teodora.

Fue un verdadero friso, un bajorrelieve, el que puso ante mis ojos deslumbrados.

Y había en él patriarcas severos, emperadores indolentes y cortesanas suntuosas, envueltos todos en el fulgor extraño de las joyas. Los inmensos palacios de mármol y mosaicos se levantaban, piedra a piedra, en mi imaginación. Veía el brillo de las tierras y el de los pesados anillos en las manos imperiales. Athenais... Irene... Las cúpulas de las basílicas se erigían como metálicos yelmos sarracenos.

Hechizado, lo escuchaba yo. Este hombre era un artista. Un verdadero artista. Hablaba de su arte, de sus ideales, con religioso fervor, como puede un sacerdote hablar de su culto.

Luego, sin transición, fija la mirada en un punto inaccesible, el desconocido me contó su vida, azarosa y miserable. A pesar de su profundo conocimiento de la historia antigua y de sus notables estudios bizantinos, el triunfo no había coronado sus esfuerzos.

Ahora, indiferente, vivía su vida interior sin preocuparse de lo que lo rodeaba. Tenía una gran indulgencia para con todos y su única defensa contra las adversidades y el hastío era encogerse de hombros.

-Ahí tiene usted a esos pobres muchachos -me dijo, señalando un grupo de jóvenes melenudos-. No hay ni uno de ellos que valga y, sin embargo, véalos usted felices, alegres, llamándose "maestro" mutuamente... A veces, vienen y me leen sus versos.

En sus sienes las venas azules y bien marcadas se hinchaban. Yo miraba sus manos de marfil viejo que, exhaustas, descansaban sobre la mesa. Temblaron un poco sus labios finos y sonrió con amargura.

En ese instante, el San Juan Evangelista se borró por completo de mi mente. Me parecía mi interlocutor un soberano oriental, un sátrapa persa, despreocupado y lánguido, como esos cuyo perfil voluptuoso se esfuma suavemente en las viejas monedas de oro del Asia Menor.

Se levantó y me dio la mano. Partía. Díjome que se llamaba Diego Narbona y vivía allí cerca. Quedé solo en mi mesa. Allá lejos, la chimenea murmuraba su triste cantar.

El humo era tan espeso que parecía envolvernos una densa niebla. Del grupo de los jóvenes melenudos uno recitaba... Mon âme est une Infante en robe de parade. Yo pensaba en mi pintor. Veíalo revistiendo el manto imperial de Justiniano, y elevando, con las manos cargadas de anillos, una pesada diadema. Una mujer hermosísima, hincada ante él, aguardaba el instante solemne de la coronación. Y esa mujer era la Belleza.

Aux pieds de son fautiel allongés noblement, deux lévriers d'Ecosse aux yeux mélancoliques...

Alguien, con el pie, marcaba el fin de cada verso. Detrás del mostrador, la hostelera miraba con admiración a sus parroquianos. A veces sonreía, mostrando un diente negro.

Encima de una mesa descansaba un grueso Diccionario Enciclopédico, y un muchachito pecoso lo hojeaba lentamente, leyendo por lo bajo: "Asur... Asur... Asurbanipal..." Despertándome bruscamente de un sueño recién comenzado, la puerta de entrada se abrió de par en par, y una mujer joven y bonita entró, llorando desesperadamente.

Su brazo sangraba.

-¿Otra vez aquí? -gruñó la mesonera de malhumor.

El más joven de los poetas se acercó a ella.

-¿Te ha pegado de nuevo? -dijo.

-Sí... Porque dejé que se quemara la tortilla...

Yo me aproximé. Parecíame imposible que un hombre pudiera maltratar a una mujer tan frágil... ¡Ah! Si mi amigo el pintor estuviera aquí, ¡cómo sabría consolarla! ¡Con qué suaves inflexiones de voz calmaría...! Compasivo, me acerqué más aún.

Ideas vengativas cruzaron por mi cerebro al verla tan bella, tan débil.

-¿Cómo se llama su marido? -rugí.

Ella levantó hacía mí sus ojos claros y azules que me recordaban otros dos ojos claros y azules, llenos de dulzura y pureza:

-Diego Narbona -me dijo...

FIN

sábado, 5 de abril de 2014

Volviendo al Comedor Amiguitos!

ESTAMOS FELICES!!

El 12 de abril retomaremos las jornadas lúdico-artísticas-recreativas en el Comedor Amiguitos, de Parque Peña.

Basándonos en las dos jornadas anteriores, centramos las actividades en dos sectores que fueron los preferidos por los chicos:

- Sectores de plástica: con dos coordinadores con formación docente y en artes visuales. Se programan actividades que lleven al niño a la exploración de diversos materiales y técnicas.

- Sector de música y movimiento: a través de la fabricación de instrumentos reciclados los chicos exploran distintas posibilidades de crear sonido. También pueden elegir caracterizarse buscando disfraces y accesorios. Cuenta con dos coordinadores con formación musical y actoral.

Además se ofrece la posibilidad de la actividad lúdica libre con una caja de juguetes simbólicos y una variedad de juegos de mesa que se irán alternando. Una coordinadora que los cuida y ofrece su guía para los juegos de mesa.

Por último, en un sector se ofrecen a la vista libro de cuentos. No es lo que más atrae a los chicos, pero consideramos que vale la pena el desafío de motivarlos. Cuando se acercan a hojearlos, una coordinadora les ofrece leérselos. ¡Siempre es tentador que alguien te cuente un cuento!

Ah, y una bibliotecaria se está ocupando de organizar nuestra colección de libros; y nos estamos conectando con la estación permacultural para la ampliación del comedor con esa modalidad constructiva. Próximamente, también, nos haremos cargo del apoyo escolar dos veces por semana dos horas en cada turno.

VAMOS POR MÁS!!! #AcercandoCultura

lunes, 17 de marzo de 2014

MUESTRA PURO CUENTO- UNA ÉTICA DEL COMPROMISO y CON LAS HISTORIETAS SE COME, SE CURA Y SE EDUCA - Revistas argentinas 1983-1993



Acercando Cultura se hizo presente en la inauguración de la muestra gráfica PURO CUENTO- UNA ÉTICA DEL COMPROMISO y CON LAS HISTORIETAS SE COME, SE CURA Y SE EDUCA.

Motivados por la presencia de Mempo Giardinelli , el 14 de marzo a la tardecita, nos acercamos al Espacio que en la Plaza del Agua, Fundación Mempo Giardinelli y Fundación OSDE dispusieron para ello.

En su presentación, J. Neveleff manifestó que la muestra tenía entre sus objetivos reconocer el valor de la revista como portador de cultura popular.

Como se afirma en el material de difusión de la muestra: "la Revista Puro Cuento (1986-1992) que refleja su imprescindible aporte literario y cultural, de permanente vigencia.”

Acercando Cultura participó de un encuentro coloquial e intimista, del escritor con los lectores de la revista Puro Cuento, con sus lectores. Mempo, compartió algunas anécdotas desde la creación de la revista, sus colaboradores y de lo que representa para el autor esta publicación en su trayectoria. Afirmó por ejemplo que la creación de Puro Cuento en 1986, a su regreso del exilio en México, se debió a la osadía, “irresponsabilidad” y esperanza suya y de un grupo de amigos que lo acompañaron desde el inicio y mientras duró la publicación.

Con la sencillez que lo caracteriza, comentó también acerca de la tarea que realiza la fundación que lleva su nombre principalmente en la Provincia del Chaco y que se está extendiendo a todo el país desde hace algunos años: colaboración con bibliotecas y bibliotecarios, animación a la lectura y formación de lectores. (Para quien quiera saber más puede hacerlo ingresando en: http://www.fundamgiardinelli.org.ar/), pero bien vale tentarlos con el lema de la fundación: ”leer abre los ojos”…

Finalmente, dejamos un párrafo de lo que piensa M. Giardinelli acerca de las lecturas y los soportes actuales “La creatividad va a perdurar y el soporte papel (el domicilio de la literatura) no se va a perder. Es una de las buenas esperanzas para la humanidad, soy optimista”

La muestra se extiende hasta el 21 de marzo, de 13 a 20 hs. en Plaza del Agua, Mar del Plata. Y la entrada es libre y gratuita.